Los
tres hombres escuchan una alegre canción, canturreada por una voz femenina,
cada vez más cerca.
Les
sorprende encontrar a alguien, tan lejos del camino. Quizá venga atraída por el
fuego que acaban de encender para acampar esta noche. Guardan silencio mientras
escuchan inquietos los sonidos del bosque, podría haber alguien más.
La
última luz del día les permite ver a la mujer, una guerrera de pelo corto y
rojo, vestida como una orlanthi, con los tatuajes de clan y de las hijas de
Vinga en brazos y cara. Se acerca hacia la hoguera directamente, tirando de su
montura. Los mira con gesto amable y detiene su canto.
-
Pensé que no sería mala idea, alertaros de mi llegada. No querría daros un
susto, después de todas esas historias que os habéis estado contando estas
noches. Podríais haber intentado matarme antes de presentarme. –Unas primeras
palabras que consiguen desconcertar a los dos guerreros e incluso al anciano.
-
¿Cómo sabes que no somos unos bandidos sin clan? –pregunta Herentaros a la
extraña.
La
mujer observa divertida al único de los tres que jamás podría pasar por un
bandido.
-
Os llevo siguiendo a vosotros dos –señalando al viejo y a Jorakos– desde que os
vi dejar el camino de Murallas Blancas. Al principio pensé en robaros, para
daros una lección, por aliaros con las tropas lunares pero, después de escuchar
vuestras historias, creo que evitáis granjas y ciudades, seguramente, por lo
contrario. No queréis que sepan a dónde os dirigís.
La
extraña, complacida al verles mirarse entre ellos, sin saber que decir, comienza
con una de las más extendidas costumbres orlanthi.
-
Mi nombre es Dalustana, hija de Haldovan, de la Tribu Lismelder, del Clan Frontera
del Pantano. Sigo la senda de Vinga, Diosa de las mujeres guerreras, hija de
Orlanth. Era joven durante la rebelión de la Reina Kallyr contra el imperio
pero, su valor me inspiró a tomar el rojo.
Herentaros
hace lo propio, seguido de Heothal, por último, el inquieto y desconfiado
Jorakos, que parece ser el único que no recibe con agrado, la idea de que la
vingana pase la noche junto a su fuego.
El
viejo Sabio Gris, por supuesto, no desaprovecha la oportunidad de aprender algo
más de la mujer.
-
Si has estado escuchando nuestras historias, como dices, sería justo que nos
dejaras escuchar una propia.
La
guerrera, tras acomodarse y entrar en calor, accede sin más insistencia,
mientras el manto de oscuridad oculta el mundo en torno suyo.
-
La historia que os voy a contar ocurrió hace cuatro inviernos. Fui con mi
hermana de espada, Furalda, a pasar la Estación Oscura a la granja de mi
hermano Ildovan, a orillas del Pantano Elevado. Él y otro grupo de espíritus
valientes, habían decidido retomar las ruinas de unas antiguas granjas muy
cerca del Pantano, abandonadas hace muchos años –aclara la vingana.
-
Los últimos años habían pasado tranquilos. Hacía largo tiempo que no se
producían ataques de los horrores sin vida que moran en el Pantano, engendros
creados por Delecti el Nigromante.
-
Un grupo de durulz, saqueadores de ruinas, habían vuelto tras unos días en el
interior del pantano. Esos pequeños incordios picudos emplumados son los únicos
capaces de sobrevivir tanto tiempo allí, sin que los horrores de Delecti, que
matan a los intrusos, les den caza como al resto de criaturas vivas.
-
Estaban muy contentos, habían encontrado una nueva isla por explorar. Según
contaban, siempre les había parecido un simple manglar que habían rodeado pero,
oculto tras los árboles retorcidos, la maleza y otros restos arrastrados por la
corriente, había un antiguo templo medio hundido.
-
En una corta incursión a la zona seca, hallaron muchos objetos de bronce, una
jarra y copas de plata, unas figuras de piedra con símbolos en su planta y una
diadema de oro. Se toparon con poca resistencia y podrían haber muchos más
tesoros donde encontraron esos.
-
Aquella noche fue de celebración, humanos y patos juntos por igual, pues todos
esperaban mejorar su fortuna en las semanas siguientes. Furalda desapareció
pronto, había escogido a un compañero para gozar de la noche.
-
He de confesar que yo también me entregué al festejo y bebí con despreocupación
–añade la guerrera con un claro tono de remordimiento.
-Ildovan
andaba molesto conmigo aquellos días pues, su hija mayor, Zerila, a un año de
pasar la iniciación de la mayoría de edad, estaba decidida a apartarse del
camino de la Madre Tierra, Ernalda, y seguir mi ejemplo, la senda de la
guerrera, entregándose a Vinga.
-
Zerila escuchaba atentamente todas las historias de batallas y actos de valor
que le contaba. Aquellas que escuché a mi padre y ahora, relataba a mi sobrina.
-
Al acabar, cada vez, ella me decía: "Tía
Dalus, yo me convertiré en una gran guerrera, como tú, conoceré a la Reina
Kallyr, a otros grandes héroes y combatiré a su lado para liberar Sartar"
–un momento que le gusta recordar.
-
Su madre también me demostraba un odio intenso, aunque yo me centraba en la
felicidad de mi sobrina. Hay cosas que no puedes desatender en esta vida y, una
de las importantes, es la llama que arde en tu interior.
-
Con el paso de los días, pude sorprender a mi hermano observando orgulloso a su
hija, mientras practicaba conmigo algunas lecciones de espada. Supongo que ya
no había disputa entre nosotros –una expresión amable vuelve a asomar al rostro
de la vingana, aunque pronto la sustituye una más oscura, cuando su historia
vuelve a la noche de la celebración.
-
El ataque de aquella noche fue inesperado. El cuerno de la torre de vigilancia
suele alertar con tiempo de una amenaza surgiendo del Pantano. Lo primero que
escuchamos esa noche fueron los gritos de terror. Sin embargo, conocíamos la
causa, los que vivimos en aquellas tierras lo tenemos siempre presente.
Empuñamos las armas y salimos a enfrentar a la muerte, mientras rogamos la
ayuda de nuestros dioses.
-
Hombres, mujeres y niños corrían en pánico, escapando o combatiendo a esos
engendros. Los patos, sin embargo, se organizaban tranquilamente para acabar
con algunos de ellos. Algo ocultaban esos pequeños bastardos que les permitía
recorrer el Pantano sin preocuparse de los muertos.
-
Mi hermano espoleaba a sus vecinos para formar un frente unido y proteger la
casa más sólida, donde corrían a refugiarse los más indefensos.
-
Vi a Furalda salir de un establo con un chico joven. Ambos armados combatían a
los muertos, algunos simples esqueletos pelados y otros con carne podrida aún
pegada a sus huesos. Retrocedían hacia nosotros, cuando apareció un engendro
enorme. Parecía un troll, aunque hacía tiempo que le había abandonado la vida.
Furalda apenas podía moverse con todas esas garras huesudas aferrándose a ella.
El troll reanimado alzó su enorme mazo y tumbó a mi hermana con su brutal
golpe, otros se le echaron encima y ya no volví a verla.
-
Quise acercarme pero, aparecieron más carroñas de trolls. Algo iba mal, este
ataque no era como los que recordábamos. Uno de los patos, un Espada de Humakt,
Dios enemigo de los Muertos que retornan para atormentar a los vivos, se lanzó
confiado contra el esqueleto de un troll, todos esperábamos que lo derrotara
con un solo golpe de espada, el poder de Humakt estaba de su lado.
- Su espada
quedó atravesada en el enorme escudo y de un garrotazo mató al pequeño
guerrero, hundiendo su cabeza en la tierra. El pánico se extendió entonces como
el fuego entre los patos restantes, que huyeron cargados con su botín mientras
gritaban: "¡Nos pueden ver, corred!,
¡Éstos nos ven, quedarse a luchar es la muerte!, ¡Huyamos hacia el rio!"
–la guerrera intenta poner una voz ridícula para imitarlos.
-
Con esos cobardes en retirada se abrió una brecha en nuestra débil defensa. Mi
hermano bramaba que debíamos sacar de allí a los niños, retirarnos al fuerte
del clan y avisar del ataque. "¡Llévatelos,
sácalos de aquí!", me gritó, "¡Los
dejo en tus manos!" –Dalustana se toma unos segundos para continuar.
-
Yo me hubiera quedado allí, hasta el final, pero no podía fallarles, mis
sobrinos no debían morir así, no de esa terrible manera. Dejé atrás a los
defensores para salvar a los indefensos.
-
Cuando entré en la casa, los chillidos y los llantos apagaban el ruido de la
madera cediendo. Una de esas carroñas se abría paso con fauces y garras en la
pared de atrás. Alcancé a coger un hacha y le partí el cráneo al entrar. Aquel
hueco fue nuestra salida. Cuando comprobé que por detrás estaba más despejado
les di la orden de correr.
-
Zerila había cogido una espada y, pese al miedo, parecía dispuesta a ayudar. Se
quedó a mi lado y combatimos juntas contra los engendros que surgían de la
oscuridad, mientras los más desvalidos corrían hacia la salvación.
-
Los muertos eran demasiados y estaba perdiendo de vista a algunos niños, así no
conseguiríamos llegar al fuerte. Les grité que fueran hacia el río. Esperaba
que esos patos malnacidos salvaran a algunos en sus botes. Si me sacrificaba
yo, como había hecho mi hermano, era posible que algunos lo consiguieran pero,
no podía condenar a Zerila. La mandé a proteger a sus hermanos, que los
condujera hasta el clan, dudó un momento pero obedeció.
-
Los más lentos aún llegaban hasta mí, los ancianos y los enfermos, perseguidos
por guerreros troll podridos o descarnados. Una anciana que se apoyaba en un
bastón cayó al suelo y decidí plantarles cara allí mismo.
-
Con la espada brillando en una mano y un hacha en la otra, la agilidad de Vinga
guiando mis pies y los vientos protectores de Orlanth envolviendo mi cuerpo,
bailé la Danza de la Segunda Muerte para esas cosas.
-
Con cuatro de ellos destrozados en tierra, vi llegar a un guerrero herido que
caminaba con dificultad, luego otro y otro más. Por un latido de mi corazón
creí reconocer a mi hermano, solo que ya no era él. Los que se acercaban habían
sido una vez familiares y amigos, ahora, ya formaban parte de esa horda de
muerte. El dolor de ver así a Ildovan era intenso pero, mi deber de hermana era
acabar con esa burla y liberar su espíritu.
-
Cargué contra él, intentando poner fin rápidamente a su pena, sin embargo, su
escudo detuvo mi embestida y su espada se trabó con mi hacha. No sabría decir
si aún quedaba algo de Ildovan, que recordara cuando peleábamos de niños o si,
las dudas que me atormentaban al atacar a mi propio hermano, convertían mis
movimientos en ataques lentos y torpes.
-
Mientras luchaba con el cadáver de Ildovan, otros tres cuerpos, antiguos
amigos, me rodearon. Pronto me uniría a ellos, el pesar por mi hermano iba a
acabar conmigo. Un breve pensamiento en mis sobrinos fue lo que me salvó, la
idea de protegerles. Dejé de ver a amigos y familiares en esos muertos, solo
eran siervos de los poderes retorcidos de Delecti. Luché con ellos como lo
haría con cualquier enemigo, con odio, sin piedad, no tomarían mi vida. Lancé
un golpe de mi espada, un señuelo para apartar su arma y, con el hacha, asesté
el golpe final, conseguí separar la cabeza de sus hombros. Mi hermano
encontraría el camino natural a los Salones de Orlanth.
-
Aún me hallaba rodeada. Corté un brazo a un lado, una pierna a otro y seguía
luchando en inferioridad. La oscuridad me hizo cometer un error. Éste enemigo
no siente el dolor de las heridas; desde el suelo, uno de los muertos se
arrastró y se agarró a mis piernas. Perdí así mi mayor ventaja. Desviaba sus
ataques a la desesperada, intentando sacudirme el cuerpo que me retenía.
-
Para mi sorpresa, un grito a mi espalda anunció el duro golpe contra la cabeza
de ese condenado. Con el cráneo partido, me soltó al instante. La anciana no
había huido, con su bastón en una mano y un cuchillo en la otra, se arrojó con
rabia sobre uno de ellos. No podía con él pero, lo aferraba con toda sus
fuerzas. Vi entonces, las oscuras siluetas silenciosas de docenas de cuerpos dirigiéndose
al río. La mujer me gritó desesperada: "¡Corre,
salva a los niños!, ¡Yo no lo conseguiré, corre!".
-
Decidida a dejarla hacer su sacrificio, empujé al último cuerpo, que intentaba
reclutarme para los muertos, y corrí impulsada con el coraje infundido por la
misma Vinga.
-
Superando a esas sombras sin vida, que se dirigían lentas e implacables hacia los
supervivientes, pude ver una figura tremenda y espantosa. Era la única de esas
cosas que hablaba, les señalaba una dirección y la horda de muertos le obedecía.
Giró su cabeza, la de un troll horrendo, y me miró. Sentí como una ola gélida y
mortal atravesaba mi pecho, me hizo tropezar pero, me levanté rápido y seguí
corriendo, lejos de ese horror.
-
Llegué al río en la oscuridad, atravesando ramas y arbustos, guiada por los
gritos y los sonidos de lucha. Cuando pude contemplar el lugar, la visión fue
abrumadora. Algunos botes, cargados con niños, empujados por los patos que
nadaban a su alrededor, ya se alejaban. Los últimos botes, en cambio, no habían
podido alejarse de la orilla, mujeres, ancianos y algunos niños luchaban por
sus vidas contra enemigos insuperables. Algunos habían intentado cruzar a nado
pero esas perversas carroñas los hundían en las aguas. Asesté dos golpes a
sendos cuerpos, liberando así a otro de los botes que consiguió partir.
-
Allí, con el agua por la cintura, pude reconocer a Zerila, acuchillando a un
enemigo, junto a un bote. Otro muerto se acercaba a ella desde la orilla. Salté
al agua para protegerla y grité su nombre para avisarla. Dos niñas en ese bote
chillaban aterrorizadas llamando a su madre. Zerila dejó de acuchillar y me
miró. Sentí como el aliento de vida me abandonó y perdí toda razón para seguir
luchando. Sus ojos, totalmente blancos, sin vida, se fijaron en mí, vacíos de
emoción. Su boca de labios oscuros, abierta en una grotesca mueca babeante, se
movía sin sentido. El tesoro más preciado de este mundo y la había perdido para
siempre. Las lágrimas manaban de mis ojos como torrentes. El cuerpo que mi
sobrina había acuchillado, la madre de las niñas del bote, flotaba sin vida en
el agua.
-
Zerila vino directamente a mi encuentro. Detuve sus golpes por puro instinto,
pensando si debía dejarla aplicar su justo castigo, por haberle fallado. La
idea de ceder al dolor, unirme a mi familia en la muerte y esperar el día en
que alguien pusiera fin a esa existencia, cobraba fuerza en mi cabeza.
-
La lucha desesperada de otros supervivientes dejó de importar. La mujer
asesinada por el cadáver de mi sobrina comenzó a retorcerse en el agua, para
terror de sus hijas. Un anciano, rodeado de muertos, la última línea de defensa,
antes de llegar a los botes amarrados, alzó un ruego a los cielos y Orlanth,
ante su coraje, no hubo sino más que responder.
-
Un sonido atronador anunció el relámpago, que golpeó el lugar donde se hallaba
el viejo. Cuando la luz cegadora lo permitió, pude ver un círculo en la orilla
formado por cuerpos humeantes e inmóviles. El anciano ya no estaba, otro
sacrificio de un alma valerosa. El estruendo y la luz habían detenido a la
interminable horda que, por un suspiro, dejó de cosechar muerte.
-
Fue ese el momento en que la llama de Vinga retornó a mi corazón. Aún desgarrada
por la perdida, encontré la fuerza suficiente para asestar el golpe con mi
espada y liberar a Zerila de su condena. Recogí su trenza cortada para nunca
olvidarla.
-
Los gritos de las dos niñas ante su madre muerta, que intentaba volcar el bote
y ahogarlas, devolvieron a mi cabeza el sentir y el deber de una guerrera de mi
clan. Aniquilé el cuerpo sin vida que las atormentaba y a otros dos engendros
que volvían a su miserable tarea. Salté al bote y lo alejé de la orilla. Los
pocos que quedaron atrás no tenían salvación posible. Me concentré en remar
para poner a aquellas niñas a salvo. Solo descubrí las heridas abiertas en mi
cuerpo, cuando la debilidad me ganó la batalla y me desplomé. –Su respiración
agitada vuelve a serenarse una vez llega a este punto.
-
Se dio la alerta y el clan preparó un contrataque con la luz de la mañana pero,
todo había acabado, solo quedaban los restos desechos, muchos de nuestros
muertos no aparecieron.
-
Mis otros sobrinos habían sobrevivido, Zerila puso a salvo a sus hermanos en
los botes de los patos y se quedó atrás, a luchar, como una guerrera.
-
Funestos pensamientos me acompañaron durante un tiempo pero, decidí rechazar la
invitación de Humakt y permanecer en la senda de Vinga. Esta trenza siempre me
recordará cual es mi camino, solo que, alejada del Pantano. No soportaba la
idea de despertar en aquellas tierras y sentir cada día esas atronadoras ausencias.
-
Sigo pensando que los patos conocen el motivo del ataque, que quizá lo provocaron
ellos. Un día volveré, con un poder que me respalde, y buscaré a ese ser, con
el cuerpo de un troll podrido, lo bastante inteligente y poderoso para comandar
una horda de muertos.
El
relato de la vingana, deja aturdidos un rato a los tres hombres. Jorakos se avergüenza
de haber dudado de la mujer.
-
Es una historia triste, guerrera. Siento tu perdida y creo que mis compañeros
pensarán del mismo modo –Heothal habla el primero y los dos aludidos asienten
con la cabeza.
-
Espero que sus espíritus hayan encontrado el camino al Salón de vuestros Ancestros
–un buen deseo de Herentaros que la vingana acepta con agrado.
-
Pero dime, muchacha –añade el Sabio Gris– ¿Qué te lleva a recorrer el camino
hacia el sur en la Tierra Heortiana?
La
mujer no dudó un segundo y, mientras acariciaba con los dedos la trenza que
portaba colgada en su cinto, contestó:
-
Deseo conocer a la Reina Kallyr, a otros grandes héroes y combatir a su lado en
la liberación de Sartar.
Los
tres hombres cruzaron miradas, decidiendo quién debía proseguir. Fue Herentaros
el que habló, haciendo hincapié en el riesgo que suponía decir algo así en voz
alta.
-
No deberías lanzar esas proclamas con tanta ligereza ante unos extraños, no
conoces nuestras lealtades ni cómo podríamos reaccionar –le advierte el viejo
con carácter severo, aunque la guerrera sigue en un tono suave.
-
Viajáis evitando pueblos y ciudades, dificultando así que sigan vuestra ruta, y
os apartáis de los caminos para no cruzaros con las patrullas de soldados
lunares. No queréis dar explicaciones sobre vuestro viaje a nadie. Estoy segura
de que, mis palabras, no han molestado a ninguno de vosotros. Además, recordad
que escuché la historia de anoche, sobre el encuentro con los Telmori –explica
sin alterarse pero, con actitud decidida.
Los
hombres volvieron a mirarse entre ellos, esta vez, sin poder evitar una media
sonrisa, divertidos por la agudeza de su invitada, que podía leer sus
intenciones con tanta claridad.
El
viejo siguió poniendo a prueba su determinación con otra pregunta.
-
Y dime, muchacha –dijo remarcando la palabra en un intento de provocarla– ¿Que
te hace pensar que, viajando hacia el sur, encontrarás a Kallyr?
La
vingana aceptó el juego de Herentaros, como parte del ritual necesario para ser
aceptada.
-
No es el sur lo que me interesa, anciano, es este grupo el que me conducirá
hasta ella, tarde o temprano.
Volvió
a dejar a los tres hombres asombrados pero, rápidamente, explicó sus palabras.
-
No sois amigos del imperio y, sin embargo, dos de vosotros habéis visitado
Murallas Blancas, conquistada hace poco, saliendo después por la puerta, vivos.
Eso os señala como enviados de alguien con cierto poder, alguien neutral quizá.
Los intentos de ocultar vuestros movimientos al imperio, me hacen sospechar que
pretendéis contactar con alguien importante del otro bando, entre los rebeldes
orlanthi.
Satisfecha
con su explicación, le pone un remate final.
-
Los poderosos siempre traman y se alían unos con otros. Estoy segura de que me
pondréis en la senda correcta.
Ver
al viejo congelado, sin saber que decir, arranca unas leves risas a los dos
guerreros. Cuando se recupera y puede componer una respuesta adecuada,
Herentaros procura llegar a un acuerdo.
-
Bueno, está claro que no podemos sacarte esas ideas de la cabeza pero, nos
alegrará que nos acompañes, mientras lo creas oportuno.
Aunque
la noche la pasarán hostigados por la terrible historia de la guerrera del
Pantano Elevado, todos sentirán el alivio de tenerla acostada junto a su
hoguera, por lo que puedan encontrarse.